La Red

Limpieza de vínculos: el “perleo”

El entramado de nuestros vínculos se fue tornando con los años, crecientemente complejo y rico. Sobre todo por la heterogeneidad de edades, temperamentos, antigüedad en el grupo, profesiones y crisis personales, así como por las vivencias de cada una, vivencias que nos decidimos a compartir costara lo que costase. En este punto, las recapitulaciones y evaluaciones que necesitamos hacer luego de un ritual, de una interacción bio-energética, de un relato de Clarissa, de un análisis de Jung o de Marion Woodman, de la curación de un empacho por las manos de alguna de las sanadoras del grupo ... en fin: luego del contacto con cualquiera de los potentes disparadores con los que contamos, se fueron transformando en un desafiante campo de prueba. ¿Seríamos capaces de limpiar ese estereotipo menoscabante que dice que un grupo de mujeres que se reúne sólo usa las palabras para dogmatizar, para chismorrear, para mentir o para relatar cuestiones meramente subjetivas o domésticas?

 

Aprovechando la experiencia de algunas de nosotras en ejercicios de escucha grupales – por haber cursado en Casa XI el posgrado de Eugenio Carutti en Matriz de Arquetipos, o por haber participado en entrenamientos parecidos en otros ámbitos- decidimos encarar una limpieza de vínculos femeninos usando “otra manera de la palabra”. Nos propusimos descubrir los acuerdos inconscientes que circulan por debajo, cada vez que hablamos y compartimos experiencias, partiendo de la premisa de que dichos acuerdos colectivos nos rigen y gobiernan sobre todo desde la sombra.

 

Comprendimos que era a veces más importante considerar el silencio –emocionalmente cargado- de algunas, o lo que omitían decir, antes que sus discursos explícitos. Es por cierto una modalidad muy femenina y oscura, que el silencio de temas fundamentales –una ofensa, por ejemplo- quede sin explicitar. A partir de allí, el fantasma vincular empieza a acechar con sus malentendidos, suspicacias y sospechas. Es lo que llamamos Medusa: la parte sensible y herida de lo femenino que, si no logra un espacio para ser expuesta, opera en el grupo como residuo emponzoñante.

 

Según dice el prejuicio social, las mujeres somos más proclives a este funcionamiento “medusesco”, pero es un hecho que los varones sensibles, esto es, aquellos que se han abierto y han dado espacio a sus aspectos femeninos interiores, suelen pagar también con frecuencia el peaje a la Oscura Aguamala. Los que aún siguen ejerciendo estilos más patriarcales o marciales, así como algunas Amazonas muy directas, también caen en el inevitable surco oscuro, sólo que sus irrupciones frontales generan tanto ruido que suelen no percatarse de las vendettas que van generando en los demás, hasta que el destino los confronta con ellas.

 

Esta dinámica del debate abierto, sostenida como baluarte indeclinable, es uno de los frutos más preciados de “la manada”. Es como un hijo inicialmente minusválido al que una madre dedica todos sus esfuerzos curativos, hasta que termina no sólo sanándolo sino incluso haciendo de él un ser renacido.

 

Podemos decirlo con orgullo: somos mujeres que nos animamos a hablar a fondo nuestros malentendidos, que quizá nos detengan en el proceso durante meses, o nos hagan doler al punto de querer a veces abandonar la tarea... La competencia, la ambición, los celos y la envidia... Los costos del liderazgo, la sensibilidad que no encuentra su espacio para abrirse... Las zonas oscuras y heridas de nuestras psiques, en definitiva, que cada tanto entran en colisión y que, si no son abiertas, dejan secuelas irreparables ... En la mayoría de los casos, en un trabajo grupal, estos desencuentros sólo tienen una salida conocida: el exilio de quien no puede abrir ante el grupo sus dolores. Lamentablemente lo hemos transitado durante el primer año de vida, cuando todavía éramos demasiado inexpertas en el arte femenino vincular, con lo que perdimos la valiosa energía de algunas de las integrantes fundadoras, y algunas lo hemos transitado, también, en otros ámbitos de formación o de trabajo. Nos propusimos, por lo tanto, aprender de estas experiencias dolorosas. Y así nació “el perleo”.

 

Cuando pudimos empezar a trabajar así, cara a cara, todo empezó a cambiar. Es un mojón histórico en la historia de la manada aquella convivencia del año 2002 en la cual empezamos a llamar perlas negras a las devoluciones que nos animábamos a hacerle a alguna loba con la que teníamos contrastes o problemas aparentemente insalvables de relación. De allí en más, perlear es el neologismo que implica para nosotras “te abro mi corazón, para que veas todo lo que allí te espeja, lo real y lo tergiversado, lo que me calma y lo que me duele, porque vos me hacés también de espejo de mis partes oscuras”. No es fácil abrir de esta manera el corazón, y no es fácil para la destinataria escucharlo. 

 

Sin embargo, el remedio empezó a curar las heridas. Y la Medusa, antaño reina doliente de la cueva oscura, empezó a mostrar su otra cara, la del dolor que puede ser transformado en algo valioso, si se lo limpia con valentía. Como un diamante en bruto. Como una perla negra.