
Un trabajo DESDE lo femenino... PARA mujeres y PARA todo varón de mente y corazón abiertos. Un viaje HACIA la transformación del vínculo femenino-masculino.
Si bien contamos actualmente con nuestros propios hábitats, cuando inauguramos el grupo inicial en el 2001 lo hicimos en el ámbito de Casa XI; incluso durante unos dos años portamos como logo de identificación uno que decía Lobas CXI. Es un hecho que nadie, empezando por nosotras mismas, se atrevía a pronosticar si nuestro experimento prosperaría o no. Por ese motivo, durante un tiempo nos tranquilizó mantenerlo amparado dentro de las aulas de la escuela donde estábamos entrenando de otra manera nuestro “buen Animus” y ampliando el panorama de nuestro camino de individuación.
Eugenio Carutti comprendió el proyecto y facilitó un espacio inicial para el mismo, otorgándonos el marco de libertad conceptual y práctica que requirió (y sigue requiriendo) nuestra indagación. Sólo un varón de mente y espíritu amplios podía avalar, en su propia institución, la existencia de un grupo femenino que en pos de mantener la coherencia de su propuesta –la investigación desde lo femenino- no consultara con el Gran Maestro acerca de su diseño...
Quizá a otros varones este experimento femenino les sonó al principio algo desafiante, y en tren de expresarnos con sinceridad, creemos que algo parecido ocurrió también con algunas mujeres.
Por otro lado, mujeres que se nos acercaban para los talleres mensuales -realmente un número importante, considerado el reto de lo que allí proponíamos- manifestaron desde siempre comprender nuestro mensaje, en el sentido de que éste nunca fue un trabajo de y para mujeres solas. Muy por el contrario, se comprendió desde el vamos que estaba concebido como un soporte o apoyatura, para complementar el trabajo vincular femenino-masculino.
Debemos computar que desde el inicio, con cierta picardía se nos apodó como Lobas y que nosotras mismas adoptamos este apodo como sello de identificación grupal. Nos resultó un denominativo enormemente simpático y estamos convencidas de que quienes nos empezaron a llamar así no lo hicieron con intención descalificante. Incluso acentuamos el perfil adoptando como cierre de nuestras reuniones un aullido lobuno conjunto, que no ha dejado de repetirse en estos años cada vez que concluimos un trabajo grupal. Hace poco nos informaron que el grito gutural compartido entre mujeres, con la vocalización espontánea que se empezó a imponer entre nosotras, es una vieja tradición matrística de algunos grupos indígenas de América del Sur. A tal punto llegó a ser importante como signo de circulación del fuego plural, que las conductoras del aullido, dos por año, traspasan su función ritualmente a otras con toda la seriedad que el hecho requiere, durante el bautismo anual de las nuevas integrantes.
Por todo este recorrido, el deseo de descubrir modos diferentes del encuentro Femenino-Masculino se afianzó cada vez más como el horizonte al que tendemos, a través del enlace con resignificaciones de la masculinidad que algunos de estos compañeros de vida también están realizando. Esto nos afirma en la intuición de que ningún trabajo de género (femenino o masculino) puede aportar más que el 50 % de la materia prima para la gran alquimia que empieza a requerir la humanidad.